Septiembre de 2003.
Tocabas el mar con tu mirada humedecida; sentado sobre la roca eres una prolongación del paisaje gris e inerte de la playa.
Crearé jardines de cristal para mi amada,
Y sueños escarlata;
Rozaré sus labios con la brisa.
Seré el agua cristalina en que bese su reflejo.
Eras un loco. Tu tez pálida contrastaba contra la oscuridad, tus largos cabellos de seda negra te enmarcaban el rostro, tu expresión extática.
Y llegaba la hora de sumergirse entre las multitudes, de perderse en los sudores. Abandonando la contemplación magnética de los reflejos marinos, encaminabas tus pasos hacia la ciudad errante, la ciudad vendida, la ciudad de las luces, la perdición y la malicia.
Cuando caminabas por la ciudad, entre la gente, entre las luces. Tu cuerpo translúcido se desbarataba en jirones de niebla. Eras un loco.
Sin rumbo, tus pasos eran el eco de maldiciones antiguas; sin tiempo, tus ojos de fuego que horadaban vidas. Eras el Judío profiriendo infamias, incesantemente en movimiento, siempre inmóvil, mirando al cielo. Y eras el horror caminando lento.
Las luces neón de un burdel cualquiera, el roce de los cuerpos, marea constante: ires y venires de deseos perversos; falsas bocas para falsos besos. Un burdel cualquiera.
Entras rutilante. Sin armonía ni verso los cantares ebrios. Te hace suspirar ese aire enrarecido; Lujuria, pecado funesto (y no obstante bello), corre en las miradas de uno a otro cuerpo.
Y hurgabas presas.
Buscabas sobre todo a las mujeres blancas con cabellos de fuego. Te gustaba contemplar la sangre brotando de sus albos senos, sus labios fruncidos y su rostro tenso. Cada noche una mujer distinta iluminaba tu soledad para acercarte falsamente a tus anhelos; gozabas de su cuerpo hasta marchitarlo por completo.
Era su belleza tu placer, su cuerpo un medio para alcanzar el cielo. Breves segundos de gloria infinita, breves segundos de volver el tiempo al inicio de los tiempos, cuando el Universo no había visto aún criatura perenne y los astros no hollaban el firmamento: cuando los tres fueron uno.
En ese tiempo lejano en que las estrellas no eran cuerpos sino sueños de la noesis que los convirtió en deseos, y después en hechos. Eres de nuevo un espíritu vagamente definido, un confuso cúmulo de alientos. Recorres el infinito en un instante, tu mirada vasta percibe la inmediatez y el tiempo: pasado, presente, mientras el futuro es soñado aún por los latidos del ser que te habita y que alimentas.
Te exaltas a la gloria: el orgasmo; eres supremo. No es tu poder el que te ha elevado a tan álgidas alturas sino un destino funesto que hará de ti el más glorioso de los espíritus, y el más indigno de los seres. Caerás tan bajo como has subido, así está escrito en los anales que nadie se atrevería a hurgar por temor a descubrir que el mundo está equivocado. Pero aún no lo sabes. Fuiste el primero.
Cuando te creaste, te hiciste pesadilla de ti mismo, te sueñas y nos sueñas. Después, espíritu, te creaste Luna como de ti reflejo, y bien y mal, y de deseo de lo perenne pensaste el Universo como lo conocemos.
Así se pobló el vacío, así nació la belleza; de tus entrañas todos los misterios. Te desgarraste para convertirte en cielo y tierra, y por amor a tu creación te hiciste a ti mismo ángel y vida, y demonio y muerte.
Por amor a la belleza te creaste espejo, siendo de ti y en ti el todo, lo sacaste de ti para poder verlo. Así surgieron la luz, y el mundo, y el hombre de tu cuerpo.
Y tú, Espíritu Celeste, te supiste su creador y su enemigo, lo ungiste de tu amor y tu desprecio. ¡Oh alquimista!, has hecho al ser más miserable de tu materia eterna, lo arrojaste a las entrañas de la duda y le entregaste al Pecado para que se consumiera y, en cambio, ¿qué le has dado para su bienaventuranza?, una mente siempre anhelante que le atormenta y una Naturaleza que le arroja hacia el abismo.
Te liberaste de ti mismo, Demonio, Muerte, Arcángel, ¿quién eres espíritu? Sea mi boca la que te cree, sean mis manos quienes te plasmen en palabras vanas, yo te hago mientras me sueñas laberinto y cuando amanezcas en el lecho ardiente de la mujer que has destrozado, te elevaré al trono de los condenados y serán tus lágrimas tesoro del Infierno.
Y vuelves entonces a ti, sólo para recordar tu atroz destino. Cuando todo ha pasado, no queda más que huir de ese cuerpo que reposa a tu lado inconsciente y desnudo. Nunca dormirás en lecho calmo, no reposarán tus días sino que, infinitamente bello, has de buscar la belleza y el placer a cada instante, apropiarte de ella, volverla a ti como fue en principio, morir en ella y renacer al mundo.
Saldrás como cada noche a buscar las sombras, agitada la respiración aún por el esfuerzo, embotados los sentidos de placer y de perfume barato, dopado aún del éxtasis de su cuerpo amargo; la túnica oscura y la pesada melena mecidas por la brisa.
Nunca despertabas sino hasta el ocaso ni dormías antes de que las primeras gotas de rocío perlaran la corola de las flores. Tu avidez nocturna, enfermiza y abrasante, hace más bella tu locura.
No era la vida lo que buscabas en tu via crucis, sino la muerte. (Cuando morir es bello la vida se vuelve odiosa, una amalgama de colores destellantes contra el terciopelo de la piel de un cuerpo rígido). Flagelas cuanto tocas, le arrebatas el vital aliento para inmortalizarlo en pensamiento, en recuerdo cristalino; ¡cuán bellas son las ideas sobre las criaturas!
¿Qué esperas entonces del ser que has creado, sino destruirlo?
Así, una jornada más; sudores, lágrimas y olores ajenos al tuyo han cubierto tu cuerpo. Alcanzas el muelle por callejuelas secundarias sin percatarte de la vida que brota en rededor tuyo, mientras fantaseas con crear más mundos, con arrebatar más almas a los que son de ti mismo.
El hombre te miró con ojos flamantes, extendió su mano de forma solícita. Un ruego, un reclamo o una blasfemia profirieron sus labios sin que comprendieras. Observaste su mano de manera hipnótica. Y se abalanzó sobre ti con una saña abrupta.
Rodaron por el suelo en un combate fársico y sólo un chapoteo rompió la monotonía.
Ocupados en mantenerse a flote contra la fuerte marejada, tan sólo se miraban significativamente. Alcanzaron cada uno un pilastre del muelle agotando sus fuerzas, mientras las olas insistían persistentemente en llevarlos consigo al palacio de Neptuno.
¾¡Desiste Shaitán! ¡Detén tu obra, detén tus sueños!
La sirena de un barco sonó lejana.
¾¿Oyes ese rumor? Esa es la vida cantando por las calles. Allá, donde tú y yo no somos más que rumores lejanos, recuerdos de antaño ¾gritó Gibreel sobre el rugir de las olas¾. Pero allá, donde destilan su perfume las estrellas y donde...
¾¿A quién intentas dar lecciones de retórica? Cambiaría el cetro y la corona de mi reino por toda esta belleza ardiente, y la frigidez de las estrellas por la sonrisa falsa de una puta hermosa. Quieres que me vuelva a mí infierno, donde no hay de mí sino la pesadilla. ¿No soy acaso yo quién determina el destino de los seres? Soy amo supremo; quien las ha creado por amor a mí, y ahora las devolveré a mi seno por temor de ellas. Y ahora las devolveré a mi seno por amor a ellas.
¾¡Éste es el abismo Shaitán, éste es el abismo! Ya no hay más infierno que la mente humana.
Una frase certera que te hirió a quemarropa. Te desincorporaste en jirones de niebla para acabar sentado sobre el muelle, llorando.
Sonaron tras de ti los pasos suspicaces de unos tacones temerosos. Te volviste lentamente mirándola de lleno; recorriste su cuerpo ¾reacción instantánea¾, sopesaste el valor de su sonrisa tímida.
Aún brillaba en tus mejillas el vestigio de unas lágrimas cercanas.
Entraron a la buhardilla silenciosos y ardientes. Cerró la cortina tras de sí y te espetó con sus ojos de brillo nácar. Dudaste.
¾¿Pago... ahora o después? ¾Como si no tuvieras experiencia en eso.
¾Son veinte de la habitación, lo demás es regalo mío.
Sonaron en tu mente mil campanadas y la desvestiste con prisa fingida.
La poseíste con furia intensa, como si jamás hubieras tocado un cuerpo. Y de nuevo viviste la gloria amarga de lo que jamás fue cierto, y te supiste mito, creación y leyenda de las criaturas que concebiste como pensamiento. Somos mentiras forjando sueños, ¿quién nos ha creado? Quien nos pensó primero. ¿Cuándo lo pensamos? Cuando nos dio alimento. ¿A quién alimentamos? Sólo a nuestro sueño.
Nos has perdido y te perdimos. ¿Te imaginaste acaso no ser tan supremo? Escapó de tu control el ser que concebiste de tu seno.
Inicias tu jornada en otra ciudad de ensueño. Escapas de ti mismo con el alba a recorrer otras calles, a consumir otras esperanzas, a beber de otros anhelos.
Muelles, bellezas lejanas, sarcasmos ardientes, alientos alcoholizados, senos tungentes silicona, sábanas ásperas, etiquetas moneda, calles sucias, alcantarillas malolientes, mendigos corte de los milagros, luces neón-tugsteno-farolesrotos, ropa calzado moda mandril, técnica tecnológica supervivencia mercantil hostilizada, caras sangrantes drogadas iracundas vencidas frustradas, máscaras-maquillaje sobre todos los rostros y todas las almas.
No rompen la estética global de la ciudad despida de su traje de trabajo, cubierta de perversión y ocio en todos sus rincones. Palabras bordadas en rosarios fársicos de prosa militarizada.
Cada vez pesan más tus días sin que se disuelva de tu frente la marca del Infierno. Sigues cargando como un manto sus lamentos; en tus ojos destellan sus fulgores. Pierdes por un momento el aliento y observas: entre las multitudes distingues una figura cercana.
Intentas seguirla con la impresión de haber repetido ese acto una y mil veces. Una y mil veces.
No sabes a ciencia cierta lo que buscas. Te pierdes en callejuelas secundarias, observas la miseria, quieres huir, intentas eludir las miradas curiosas de sus habitantes. Gente mísera, espectros de infamia entre la falsa belleza rutilante.
Es en estas calles perdidas donde te das cuenta de la vanidad inocua del mundo. Buscas romper el hechizo que te llevó hasta allí; inútil. Un cierto magnetismo te obliga a permanecer ahí parado, mirando sin ver.
Los niños se acercan a ti con la curiosidad impresa en sus rostros marchitos. Te rodean harapos fantasma e intentas gritar en vano. Lo que hagas (lo que quieras hacer) será inútil, estás preso en sus miradas, te has vuelto su víctima; pajarillo en una jaula.
Escuchas sus palabras sin comprenderlas. Te petrificó su olor a servidumbre humana.
Te ves desde lejos rodeado por la manada; cada vez son más, cada vez gritan más alto. Te ves agitar los brazos, tratando de apartarlos, ves como te sofocan. Te ves desvanecerte y ser rescatado por matronas y lavanderas.
Resquicios de la fiebre quedan en tus ojos. Crepitan las llamas en tus oídos diáfanos.
Pero Ella te mira; sabes que está ahí aunque no puedas verla. Te atraviesa.
¿Desde cuándo te observa? ¿Qué maldita fantasía la ha encarnado en tus rubores? Algo te susurra al oído y asientes.
Ya nada hay que te retenga, has saciado la curiosidad de esos ojos hambrientos. Sabes ya cuales serán tus próximos pasos; te lanzas a cubrir la senda trazada.
No te apresuras, pero sientes que corres. Porque Ella te espera y quisieras abalanzarte a su encuentro, atravesarla, y huir de ella cruzando el Universo. Ella, la que está adherida a ti como una sombra; la que te sopesa y te juzga; la que te atraviesa como tú pretendes atravesarla a Ella en esa carrera desenfrenadamente lenta.
Sabes que está ahí, que es a ti a quien está esperando, que no te va a permitir penetrarla, ni huir, ni juzgarla.
Y esos pasos cada vez más lentos, más pesados, que tu suplicio prolongan en el tiempo. Como si no fueras, por ser, ser fuera del tiempo.
Ella posó sobre él su mano de hielo y lo observó con sus cuencas vacías.
Y a ti el alivio te arropó materno sin que por ello fuera tu horror menos.